6 bosques de España para perderse en otoño

Crujido de hojas bajo los pies. Un manto de tonalidades impresionistas rojizas y ocres. Una luz tenue y amarillenta que juega con las sombras de los atardeceres. Una explosión de color más sutil y delicada que la primavera. Sí, el otoño ya está aquí y antes de que nos demos cuenta, la policromía típica de esta estación dominará el paisaje, así que es el momento de aprovechar estos instantes casi únicos en los que la Naturaleza se viste con sus mejores colores antes de entrar en el letargo del invierno. Para disfrutar del otoño en todo su esplendor, no hay mejor plan que adentrarse en alguno de los bosques caducifolios más espectaculares de España, perderse entre sus hojas llenas de melancolía y dejarse atrapar por un aura casi fantástica. Estas son algunas propuestas para no perderse el mágico espectáculo de la caída de las hojas.

1. Selva de Irati (Navarra)

Si tuviéramos que elegir solamente un destino otoñal, no habría duda en optar por  “El Bosque de los bosques”. Situado muy cerca de Los Pirineos, la Selva de Irati es el hayedo abetal más extenso  y mejor conservado de Europa, solamente superado por la Selva Negra alemana.  Aunque puede recorrerse durante todo el año, en otoño sus hayedos alcanzan su momento estrella y llenan el paisaje con los colores rojizos de sus hojas a punto de caer, un espectáculo impresionante que enamoró al escritor Ernest Hemingway, al que además de gustarle (mucho) los Sanfermines,  no perdía la ocasión de encontrar a sus musas en estos senderos de cuento. A tan solo una hora de Pamplona, esta inmensa mancha forestal de más de 17.000 hectáreas que se mantiene prácticamente virgen esconde, además de su famoso y tupido bosque de hayas, pastizales y abetos, arces, olmos y robles, que se entrelazan en un paraje bucólico, casi de cuento, marcado por el río Irati. Para los amantes del senderismo y de los paseos en familia, ofrece una red de hasta 16 senderos perfectamente señalizados y de menos de 10 kilómetros, mientras que a los visitantes que disfruten con las leyendas y brujas, les encandilará su ambiente casi fantasmagórico.

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2. Parque Nacional de Garajonay (La Gomera) 

El gran pulmón de laurisilva mejor conservado del Atlántico permanece envuelto en una bruma que provoca que caminar por sus senderos sea un paseo de cuento, de un mundo habitado por gigantescas hojas perennes. Un bosque de laureles, vestigio de la Era Terciaria que desapareció del continente en el Cuaternario debido al cambio climático, y que encontrarás en La Palmita, en la isla canaria de La Gomera. Su nombre se debe a la leyenda de dos amantes, la princesa gomera Gara y el guerrero Jonay, que se lanzaron desde el pico más alto de la isla para estar juntos ante la negativa de sus familias a casarse. Un sendero circular que comienza y acaba en Laguna Grande es la mejor ruta para admirar vistas increíbles desde lo alto, con las islas de El Hierro, La Palma y el volcán Teide asomando en la lejanía.  Además de la reconocida laurisilva, en este paseo se puede uno cruzar con hayas, sauces, cedros y especies menos conocidas como el mocán.

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3. Hayedo de Montejo (Madrid)

Aunque tiene un acceso controlado y restringido a un número determinado de visitan para poder preservar su belleza mágica, bien merece un paseo cuando comienzan a caer las hojas y dejarse llevar por la leyenda que envuelve sus hayas y que asegura que las hadas que habitan en este bosque engatusaban a los visitantes mediante sus cánticos para llevarlos a una cueva cercana y convertirlos en lagartijas y petirrojos para dotar de mayor número de habitantes al entorno y que fuera éste un bosque más vivo y tuviera más encanto.  Un paraje recóndito de apenas 250 hectáreas declarado Sitio Natural de Interés Nacional en 1974, donde reina la Fagus sylvatica, la especie de haya más frecuente en toda Europa pero que, sin embargo, no lo es tanto en la Península Ibérica, a excepción de la zona norte, pues requiere cierta humedad para crecer y sobrevivir. Esto hace que el Hayedo de Montejo, a 88 kilómetros al noroeste de Madrid, sea un enclave mucho más extraordinario.

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4. Bosque Animado (Vizcaya)

Parece una obra de arte y…lo es. El artista Agustín Ibarrola pintó en 1984 la superficie de los centenares de pinos, repartiendo figuras de colores entre los diferentes árboles y creando así un inmenso lienzo que cada visitante puede recomponer jugando con las perspectivas según va caminando. No verás lo mismo mirar en una u otra dirección, nunca pasearás por el mismo Oma. El pintor bilbaíno inauguró así una nueva corriente artística, el land art, una nueva relación entre la naturaleza y el arte, un bosque diferente para cada una de las personas que recorren este espacio mágico. Está en las laderas del valle de Oma, en Vizcaya, muy cerca de las cuevas de Santimamiñe y en plena Reserva Natural de la Biosfera de Urdaibai. Un verdadero museo al aire libre.

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5. Muniellos (Asturias)

Presume de ser el mayor robledal de España (y de los mejores conservados de Europa)  descubrir su fauna y flora es un verdadero privilegio: al estar declarado como Reserva Natural de la Biosfera por la Unesco, el Principado de Asturias solamente permite la visita de 20 personas al día. Este paraje exclusivo comprende los montes de Muniellos y La Viliella, en Cangas del Narcea, y el monte de Valdebois en Ibias. (Ibias) y aunque su naturaleza virgen y cambiante renace de manera diferente en cada estación del año, es en otoño cuando los robles de distintas especies y de hasta seis metros de diámetro sobrecogerán al visitante. Junto a ellos, acebos y tejos reinan en el otoño asturiano. 

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6. Sierra de Urbión (Soria)

Montañas escarpadas se alzan altivas en la zona norte de Soria. Es la sierra de Urbión, merecedora de estar en esta lista de bosques otoñales por sus pinares retorcidos, que se entrelazan con brezales con arándanos y enebros. Si nos encontramos con fuerzas, el paisaje invita a ascender hasta la Muela de Urbión, de 2.300 metros de altura, convertida en un espléndido mirador de una de las masas forestales más importantes de España.  En plena sierra nos toparemos,  2000 metros de altura, con la Laguna Negra, en torno a la cual se han levantado leyendas que afirman que no tiene fondo, aunque en la realidad, apenas tiene ocho metros de profundidad. Su color tenebroso y mágico se debe a los árboles y paredes graníticas que la rodean Una visita en otoño ofrece la oportunidad de contemplar el contraste, casi pictórico, de los ocres de los árboles con el negro noche de sus aguas.

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