De Burdeos a Arcachon: cinco días de queso, vino y ostras

Un buen coche y un buen apetito. No se necesita nada más para lanzarse a las carreteras francesas y descubrir una de las mejores gastronomías del mundo, marcada por exquisiteces como los patés, quesos, vinos, ostras y champagne. En cinco o seis días podremos recorrer los aproximadamente 250 kilómetros que separan los históricos bulevares de Burdeos de las deliciosas ostras de la bahía de Arcachon: días para pasear por algunos de los viñedos más famosos del mundo, origen de un reconocido vino (y color, que no se nos olvide), para descubrir bodegas antiquísimas o para perderse en aldeas que ya habitaron los irreductibles galos. Un recorrido de tintes medievales sólo apto para espíritus (y paladares) gourmet, que hallarán la felicidad en la fabulosa cocina regional que esconden estas campiñas de Aquitania.

BURDEOS

Capital del vino, (de ello dan fe las 57 denominaciones de origen de los vinos Burdeos ) con más restaurantes que ninguna otra capital francesa; incluso ha llegado a tener una docena de ellos con estrella Michelin, el casco histórico protegido por la Unesco más amplio del mundo y su elección como Best European Destination 2015, ¿se necesita algún aliciente más para adentrarse en las calles de Burdeos? Un paseo fascinante por edificios monumentales que se cristalizan en la Place de la Bourse, una joya del siglo XVIII cercada por mansiones que parecen casi palacios y emblema de la ciudad. Frente a ella, el lugar más fotografiado de Burdeos, el espejo de agua más grande del mundo (3.450 m2) y que provoca efectos extraordinarios de espejo y niebla. Tras ella se esconde el Barrio de Saint Pierre, el verdadero corazón histórico de la ciudad, plagado de callejuelas que encandilaron a pintores como Goya y escritores como Flaubert, habitantes ilustres de Burdeos.

Una historia que se remonta a las épocas de los galos y los romanos (su historia está contada espléndidamente en el Musée d´Aquitania) y marcada por el devenir de su puerto, en cuyos lodos se edificó la primera iglesa de la ciudad en la Edad Media: los nombres de las calles evocan todavía los oficios de aquellos tiempos: la Rue des Argentiers (los orfebres), la Rue des Bahutiers (comerciantes de baúles), la Rue du Chai des Farines (almacenes de cereales)… y que se convirtió en uno de los principales puertos de la Europa del siglo XVIII, marcando el carácter marítimo de Burdeos.

Place-de-la-Bourse

El otro reconocido edificio es el Gran Teatro, que junto a los palacios de la ópera de Versalles y Turín, es una de las salas de espectáculos del siglo XVIII más bellas del mundo: hasta en tres ocasiones, fue sede de la Asamblea Nacional, en circunstancias más bien trágicas ya que Burdeos ascendió al rango de capital en 1870, 1914 y 1941. Para completar el paseo, nada mejor que respirar aire fresco en el Jardín Público, perderse en los viejos almacenes de Quai des Marques y reponer fuerzas en el Marché des Capucins, el mercado de abastos de la ciudad donde podremos iniciar una de las experiencias gastronómicas más típicas de la zona: ostras y vino blanco; aunque también se pueden probar platos tradicionales de Aquitania como la lamprea a la bolardesa, quesos de los pirineos, trufas Pèrigord o la pularda a lo Enrique IV.

No debemos abandonar la ciudad sin visitar la sorprendente Place du Parlement y acercarnos a la puerta Cailhau, construida en 1494 y desde la que podemos disfrutar de magníficas vistas del decano de los puentes de Burdeos: el puente de piedra. Un puente que cruza el río Garona y sobre el que es posible realizar un crucero fluvial, para conocer el estuario del Gironda. Allí nos sorprenderán las increíbles fortificaciones del Verrou de Vauban (Cerrojo de Vauban), un tríptico defensivo único en Francia y el de mayores dimensiones de Europa. Construido en tiempos de Luis XIV, su objetivo era proteger a Burdeos, que se encuentra a 50 km aguas arriba, de los ataques enemigos. Se compone de 3 fortificaciones: la Ciudadela de Blaye, el Fuerte Pâté (situado en la isla Pâté en el centro del estuario) y el Fuerte Médoc. En la orilla oeste del estuario de la Gironda, crecen algunos de los mejores viñedos de Burdeos, en la ribera de Paullicac, rodeada por las denonimaciones de origen más famosas del mundo: Mouton Rothschild, Latour y Lafite Rothschild.

Sainte-Croix-du-Mont

Encaramado a orillas del Garona, que marca su orografía, en este pequeño pueblo producen vinos desde la Antigüedad. Hoy, su denominación de origen se reserva a los vinos blancos elaborados en el territorio del municipio: se extiende por 450 hectáreas de viñedo, plantado con las variedades semillón, sauvignon y muscadelle. Una aldea típicamente vínicola que atesora el magnífico castillo de Tastes fundado en el siglo XIV y un inmenso banco de ostras fósiles formado en la era terciaria en el fondo del mar que cubría entonces la región. Muy cerca, podemos hacer una parada en la ciudad medieval de Saint-Macaire, con monumentos dignos de una visita como la iglesia de Saint-Sauveur y los restos del priorato adyacente, ambos predominantemente románicos. Si seguimos conduciendo, nos toparemos con Bazas, una ciudad con arte, con una plaza central donde se alza una catedral gótica, declarada patrimonio mundial de la Unesco y donde podremos descubrir el “Boeuf Gras” (Buey cebado), una tradición gastronómica centenaria.

Saint-Macaire

St-Émilion

La joya medieval de Aquitania se alza por encima de un sinfín de viñedos y es célebre por producir vinos tintos con cuerpo, centro de dos denominaciones de origen, Saint-Émilion Grand Cru y Saint-Émilion AOC. El pueblo está construido sobre un semicírculo de colinas frente al río Dordogne, con las casas formando una especie de anfiteatro y lleno de calles estrechas y escarpadas , como un cáscara protectora alrededor de la cueva de San Émilion, uno de los tesoros de esta entrañable aldea medieval. Dentro de la cueva se esconde una capilla medieval y una iglesia monolítica subterránea que dejará al visitante con la boca abierta: si se suben sus 187 escalones que conducen al campanario, el premio es admirar el mapa de iglesias y callejuelas, merecedor de Patrimonio Mundial de la Humanidad. Otro de sus monumentos más llamativos es el Menhir de Pierrefitte, construido hace unos 5.000 años por marineros que llegaron hasta allí a través del río Dordogne.
Pero por lo que de verdad es conocido a nivel mundial este pequeño rincón francés es por los viñedos que rodean el pueblo, pertenecientes a unas 860 bodegas diferentes, cuatro de las cuales tienen el sello Premier Grand Cru Classe A, el sello de máxima calidad. Una zona que ha cultivado la uva desde tiempos de los romanos y en la que aún se elabora el vino de manera tradicional en alguna bodega histórica como el Château Guadet.

Village-de-Saint-Emilion

Arcachon
Y tan sólo a una hora y media en coche desde Burdeos, se avista Le Pyla – sur-Mer, una pequeña localidad célebre por su duna de arena, la más alta de Europa. A 104 metros de altitud domina un panorama excepcional de la bahía de Arcachon, donde en la punta del cabo se sitúa un pueblo apacible del mismo nombre, donde ya a la aristocracia europea de finales del siglo XIX le gustaba pasar el invierno debido a la suavidad del clima, por lo que las casas conservan el encanto extravagante de la época: hasta el rey Alfonso XII se dejó seducir por sus innovadoras talasoterapias. Además de sus playas, hay que dejarse caer por el puerto ostrícola de Gujan-Mestras, donde el final de este viaje tiene como colofón el manjar emblemático de este rincón emblemático de la costa atlántica: la ostra.