Ruta de leyenda (y gastronomía) por A Costa da Morte

Érase una vez un lugar, una tierra, en la que habitaban meigas, supersticiones, espectros, piratas de antaño y barcos hundidos. Playas desiertas, acantilados, el tempestuoso Atlántico, pescadores y encajes de bolillos, aldeas que parecen recién salidas de otros tiempos… conforman una de las zonas más míticas del litoral gallego: A Costa Da Morte. Serpenteantes carreteras secundarias para recorrer en coche y descubrir los restos de la cultura megalítica,  arte románico, parajes bravíos y crepúsculos de postal hasta llegar a Fisterra (Cabo Finisterre), el fin del mundo para los romanos y segundo lugar más visitado de Galicia tras la Catedral de Santiago.

Cultura, naturaleza e historia aderezadas con uno de los ecosistemas marinos más variados del mundo, que ha contribuido a crear un santuario gastronómico para amantes del marisco donde tampoco falta la famosa ternera gallega, pollo de corral, las afamadas patatas de Coristanco o el “porco” celta.  ¿Se necesita algún aliciente más para adentrarse en este particular viaje gallego hacia el fin del mundo?

Así, hay muchas rutas para disfrutar de las docenas de kilómetros que forman esta zona única, siempre en los límites de la provincia de A Coruña,  un arco atlántico que transcurre por rincones emblemáticos que bien merecen una visita. Comenzamos, por ejemplo, saliendo desde la capital coruñense hacia Caión,  una estampa de casitas blancas que parecen pintar el litoral, un pueblo marinero en el que destaca su atalaya, lugar donde antiguamente sus habitantes controlaban el paso de las ballenas,  se avista gran parte de A Costa da Morte.

 Caion

 

Siguiendo esta costa plagada de agrestes acantilados, se llega a la aldea de Buño, una localidad de tradición alfarera y habitada por los oleiros, alfareros productores de “olas”, recipientes con forma redonda, de barro y con la boca ancha. Tras Buño,  la ruta pasa por Malpica, uno de los puntos más emblemáticos de la zona,  con un puerto de pesca de bajura y marisqueo que hará las delicias de los paladares más exigentes: almejas, lubina, pulpo… un ambiente marinero en que sobresale el Cabo San Adrián, desde el que se avistan las Islas Sisargas, un particular y pequeño archipiélago deshabitado al que se puede arribar alquilando un bote en el puerto de Malpica para conocer un paraje de ensueño y casi fantasmal  que esconde una riqueza ornitológica única:  gaviota oscura, el cormoñán moñudo o el vencejo real.

Sisargas

Llegados a este punto, podemos desviarnos para conocer el Castro de Borneiro, en el Ayuntamiento de Cabana de Bergantiños, un asentamiento que data de la Edad de Bronce y que da fe del profundo pasado celta que impregna la zona, con símbolos de rituales paganos que perduraron pese a la presencia romana y cristiana con la que los habitantes hacían frente a  las adversidades marítimas. Siguiendo esta estela ancestral, nos topamos con Corme, que atesora un altar druida llamado A Pedra da Serpe, además del Dolmen de Dombate. Estamos en la que se considera la cuna del percebe y que se convierte, todos los meses de julio, en la capital gastronómica de Galicia con la Fiesta de Exaltación del Percebe, donde se puede, además de degustar este preciado molusco, contemplar a los curtidos percebeiros apañar percebes en el Cabo Roncudo: están considerados los mejores del mundo. Tal es así, que Roncudo, con el fuerte oleaje golpeando sus duros acantilados, solamente se abre para la recogida en Navidad y con ocasión de la fiesta, aunque siempre con recuerdo a los percebeiros muertos a causa de la dura tarea, con cruces clavadas rodeando el faro situado en Roncudo.

 percebe

Del percebe saltamos  al manjar que ha hecho famosa a la villa de Ponteceso, la angula,  para continuar hasta Laxe. Una zona marcada por el río Anllóns, que desemboca en la Ría de Corme y Laxe formando un hermoso estuario con las dunas de Monte Blanco. Laxe guarda entre sus calles de pasado señorial tesoros como el camarón, el centollo o la nécora y tiene en pleno centro una espléndida playa de casi kilómetro y medio, mientras que en el puerto podemos visitar el atrio fortificado de la  Iglesia de Santa María da Atalaia, del siglo XV.

 Platya LAXE

 

Tras pasar por unos cuantos pequeños pueblos entre playas y acantilados, nos espera Camariñas, aunque antes bien merece la pena subir los 250 escalones para contemplar las vistas desde el faro del cabo Vilán. Camariñas, pueblo marinero y con el puerto pesquero más importante de A Costa Da Morte, con abundancia de pulpo y sardinas, es conocido también por la maestría de sus habitantes con el encaje de bolillos y por las muchas rutas que se pueden realizar en sus alrededores, aunque quizás la más curiosa es la Ruta de los Naufragios, una visita por la costa que vio desaparecer navíos de todo tipo, condición y nacionalidad. Tomaremos entonces el rumbo a Muxía, bordeando la ría de Camariñas. Muxía, tristemente famosa por ser la zona cero del desastre del Prestige, es una localidad que ha vivido con fuerza el auge del turismo jacobeo. En Muxía se alza el Santuario de la Virgen de la Barca, una tradición pagana que fue reconvertida en templo cristiano y donde hay que buscar la Pedra Do Abalar, una piedra erosionada al borde del mar y balancearse sobre ella, ya que dicen que contiene propiedades curativas. En la parte gastronómica, además de encontrar todos los ingredientes de la gastronomía gallega, hay que porbar el congrio y visitar el secadero artesanal del anciano Miguel Diz, que seca y cura este pescado al viento del océano.

 Muxia

Siguiendo la senda, atravesamos enclaves como el Cabo Touriñán para llegar al final de la ruta (y al fin del mundo para los antiguos), el pueblo de Fisterra, con una de las estampas más legendarias de la zona, el cabo de Finisterre, cuyo faro y acantilados guardan historias en las que se confunden realidad de fantasía y han marcado este viaje por el mítico litoral gallego.

 

CaboFinisterre

Fotos de Turgalicia: www.turgalicia.es