Nos sumergimos en la Camarga, la gran marisma del sur de Francia

Es el lugar donde se entremezclan el rosado de los flamencos (único paraje de Europa que han elegido para reproducirse) el blanco del caballo camargués y el marrón chocolate de los toros, cuyos cuidadores, los gardians, conforman una comunidad anclada en el tiempo y que  conserva tradiciones ancestrales. Es el paisaje donde se funden marismas, dunas, pastos y salinas por los que parece que las horas no transcurren  y nos permite viajar a una Europa primigenia. Es la Camarga, la gran marisma del sur de Francia, un espacio protegido de la región de la Provenza entre los dos brazos del río más grande de la Europa occidental, el Ródano, situado entre las ciudades de Arles y Saintes Maries de la Mer. 

La mejor forma de acceder a esta zona plagada de diferentes paisajes excepcionales es en coche desde Montpellier, y toparnos con el Parque Regional de Camargue, fundado en 1970 para preservar este espacio natural y el equilibrio ecológico de las especies, así como de proteger las actividades económicas tradicionales. Un auténtico paraíso para los animales. Pero entre tanta belleza natural, una ruta por las pequeñas localidades que salpican esta región se convierte en imprescindible para conocer  sus playas salvajes y solitarias, degustar los famosos vinos des Sables (arenas), y asombrarse con peculiares ritos, como la course camarguaise, un espectáculo muy diferente a las corridas que se conocen en España: los ratezeteurs (profesionales que utilizan una especie de gancho con el que quitan los trofeos al toro) se enfrentan a los toros de la Camargue en juegos de habilidad, agilidad y respeto mutuo.

Comenzamos en Aigues-Mortes, la puerta oeste que da acceso a la región, una antigua población medieval fortificada rodeada de canales que conserva intactas sus murallas y la atmósfera de cuando Luis IX la hizo erigir en el siglo XIII, con el fin de dotar a Francia de un puerto mediterráneo. A sus pies, la salina más antigua del Mediterráneo, y orgullosa se alza en medio de la albufera  la Torre Carbonnière, fuera del recinto amurallado para proteger la ciudad de las invasiones. Las salinas de Aigues-Mortes se extienden a lo largo de 14 mil hectáreas y son una atracción más de la Camarga, cuya sal  es una de las más apreciadas de toda Francia.

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Desde Aigues-Mortes, la carretera D58 discurre entre marismas y, tras 25 kilómetros, da acceso al Parque Ornitológico de Pont du Gau, un espacio a orillas del Étang o laguna de Ginés, lleno de senderos, observatorios y paneles para la identificación de las aves.  

A apenas cinco kilómetros nos encontramos con la capital de la región, Saintes-Maries-de-la-Mer, en la desembocadura del Pequeño Ródano. Una villa costera plagada de callejuelas, casitas de pescadores y donde nos topamos siempre que alcemos la mirada con  la iglesia de Notre Dame de la Mer, un templo fortificado del siglo XII. Su cripta guarda la imagen de Santa Sarah, en cuyo honor el pueblo gitano realiza una peregrinación cada mes de mayo para llevarla en procesión hasta el mar. Siempre podremos degustar el típico  gardiane, un estofado de rabo de toro que suele acompañarse con alguno de los vinos tintos con cuerpo de la región.

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De nuevo hacia el interior, la carretera D570 lleva a Arles, una ciudad luminosa bañada por el Mediterráneo que fue fundada por los griegos en el siglo VI a. C. y luego conquistada por los romanos, por lo que conserva importantes vestigios –ocho son Patrimonio de la Humanidad– como el anfiteatro , el teatro romano, las termas de Constantino o los Criptopórticos… aunque pese a este esplendoroso pasado, la ciudad es mundialmente conocida por convertirse, en los albores del siglo XX, en refugio de pintores como Gauguin, Picasso y,  especialmente, Van Gogh quien, fascinado por la luz, vivió allí su etapa más creativa y llegó a pintar 300 cuadros en 15 meses.

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15 kilómetros al noreste de Arles, en el corazón de las bellas colinas de Les Alpilles, emerge  Baux de Provence, una plaza fuerte medieval situada en un emplazamiento espectacular, en el alto de un espolón rocoso con vistas espectaculares del entorno. A un paso de Baux de Provence, Saint Rémy de Provence, un pintoresco pueblo con un bello casco antiguo repleto de edificios con estilos tan diferentes como románico, medieval o renacentista, y además, a dos kilómetros se puede visitar el sitio arqueológico romano de Glanum.